Como cuidar la finca de cacao

Entre Camerún y Gabón, bajo el imperio de un sol implacable y demoledor, entre un mar riquísimo en recursos de todo tipo y una jungla impenetrable y enigmática, en un país poblado por una pobreza desoladora que nada en petróleo hasta el ahogo y cuyos dividendos duermen plácidamente en eminentes entidades bancarias de todo el mundo, hace más de cien años tuvo lugar un episodio de una crudeza singular y que el paso del tiempo ha enterrado y se ha encargado de olvidar, con poco éxito.

Guinea Ecuatorial, es hoy una dictadura feroz y sin concesiones, donde los beneficios de sus ingentes recursos acallan los ecos de cualquier reivindicación de libertad, democracia o derechos humanos con el silencio cómplice de aquellas naciones que hacen jugosos negocios con el dictador de turno, entre ellas, la antigua metrópoli, y que no han sido un buen ejemplo, ni en esos tiempos, ni ahora, probablemente, de respeto de los derechos humanos. Esta Guinea, llamada también Guinea Española para diferenciarla de sus homónimas portuguesa y británica, actuales Guinea Ecuatorial, Guinea Bissau y Guinea Conakry, vivió cuando el siglo XX estaba en sus inicios, una tragedia de una crudeza brutal.

A finales del siglo XIX, distintos poderes imperiales trocearon y se repartieron África como si se tratara de un pastel de cumpleaños. La arrogante suficiencia de muchos hombres blancos que en sus lugares de origen no eran más que carne de anonimato sin ningún reconocimiento operó una transformación espectacular orillando la educación formal y valores que se les suponía de cierta calidad, descubriendo auténticos asesinos en serie que llegaron a creerse dioses reencarnados ante la inocencia, ante el patente atraso de los autóctonos o sencillamente, provocando asimétricas y desproporcionadas acciones en defensa propia. Tal vez, seducidos por la increíble superioridad tecnológica y los abusos que emanaban de su aplicación incontestable, se vieron rodeados de una aureola de invulnerabilidad y actuaron sin contemplaciones contra gentes indefensas en territorios alejados del escrutinio de las leyes europeas y por lo tanto, al amparo de la más absoluta impunidad.

Corría el año 1921 y la etnia Fang –más instalada en la parte continental que en la isla de Santa Isabel– se seguía negando rotundamente a someterse a los caprichos de los colonizadores y a ser esclavizados sin más. Dentro de los Fang existía un núcleo duro que abogaba por la guerrilla contra los españoles y que con rudimentarios recursos –trampas de estacas, redes de captura camufladas y ocasionalmente arcos y flechas– hostigaban a las tropas coloniales españolas. Los colonos estaban inquietos ante este aumento de actividades “subversivas” y la autoridad militar envió expresamente al teniente Ayala para pacificar la zona y dar un “toque” a los díscolos Osumu.

Este sádico personaje dejaría una impronta imborrable entre los autóctonos que aún a día de hoy es recordada por los ancianos del lugar.

Al norte del país, en una población llamada Mikomeseng, había una gigantesca acacia centenaria. Una mañana temprana, conforme la luz del amanecer se iba revelando, y empezaba a bañar las riberas del río Kufang, Ayala convocaría a algunos de los miles de pobladores de aquella diminuta ciudad para asistir a un espectáculo dantesco. Según se iba desvelando, la realidad y el drama se hacían más ostensibles, la aberrante imagen del horror se manifestaba en toda su extensión. Cerca de cien desgraciados pendían colgados de finas sogas de cañizo enredados, ahorcados y mecidos pendularmente por la amable brisa proveniente del rio. El escarmiento sistemático de la Guardia Civil Colonial hacia aquellas gentes descalzas había obligado a crear un vasto cementerio improvisado en el que miles de represaliados, por tan bochornoso personaje, encontrarían el peor de sus destinos.

Mientras, las noticias iban llegando al gobernador de la colonia, que era incapaz de negar la evidencia, ni como justificar tanta crueldad, que lo único que creaba, era unas ansias de liberarse de un explotador europeo, y que fué germen, entre otros muchos acontecimientos, del sentimiento nacionalista ecuatoguineano.

Uno de los acontecimientos mas dramáticos que convertiría al teniente Julián Ayala en la viva encarnación del demonio sucedería tras una noche de irracional desenfreno, en las cercanías de la fronteriza ciudad de Ebibeyin, cuando media docena de niños en un premonitorio llanto desgarrado -quizás anticipándose a los acontecimientos-, no cesaban de gemir, y desvelando el sueño del monstruo, serian echados a la hoguera sin mas contemplaciones. Las reacciones de violencia inusitada y desproporcionada de este representante del horror para con los nativos rebasaban ya las delgadas lineas rojas de lo tolerable. El único valedor que tenían los locales ante tanto despropósito era el obispo de Bata.

El único colaborador que tenía el capitán Ayala en la entonces Guinea Española, era el gobernador de la isla, Núñez de Prado, compinchado con este asesino de masas, el cual, capturaba braceros de la etnia Fang y los reexpedía a la Isla de Santa Isabel para trabajar en régimen de absoluta esclavitud en las estratégicas plantaciones de cacao. Esto ocurría en una colonia bajo control de España y a la vista de las autoridades encargadas de administrar sensatamente lo que debería de suponerse como prácticas de buen gobierno. Pero la corrupción era total, como se demuestra por los informes de la Cámara Agrícola de Fernando Poo.

La retórica colonialista de la época consigna que lo allí acontecido con Ayala y sus secuaces, obedecía a cómo se actuaba en aplicación de un canon de comportamiento muy extendido en aquellas latitudes y aprobado ‘sotto voce’ como doctrina militar, tal que las circunstancias así lo exigían.

Julián Ayala huyó a Camerún cuando sus heces le llegaban al cuello; era el año del horror de 1939 y mientras sus huellas desaparecían en las profundidades de la jungla y los ecos de su brutalidad afloraban en la prensa europea, otra tragedia se despertaba en Europa

Años después, y con un sentimiento anticolonialista desenfrenado, Manuel Fraga Iribarne, en 1969, como representante del régimen franquista, viajó a la colonia, y le otorgó la independencia a esta zona del planeta. Siempre cabrá la duda, que si la dictadura despótica que vino después, por población de Guinea, fué mejor o peor, que la situación de la que gozaban bajo administración colonial española, y en la totalidad del territorio, pero bien es cierto, que seguramente este juicio, le toque hacerlo a los ecuatoguineanos, y que en definitiva, cada pueblo, cada país, cada nación, es dueño de su destino

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